Habitación 510 – Rachel Bels

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– Habitación 510 –

Unos brillantes ojos castaños la observaban abandonar el agua de la piscina, ella era consciente de esa descarada mirada que no dejaba de escrutarla. Caminaba hacia su hamaca sintiendo como el agua se secaba con rapidez en su piel, y no solo era debido al calor; se evaporaba a causa del atractivo que no le quitaba el ojo de encima. Había algo en ese hombre que le resultaba familiar. Agarró la toalla y enrolló su cuerpo en ella, ocultando las marcas de su pasado.

—¿Laura? —preguntó una voz grave.

Ella giró sobre sus talones y la presencia tan cercana de ese hombre la aturdió sobremanera.

—¿Nos conocemos? —preguntó desconcertada por el hecho de que Ojos Castaños supiera su nombre.

Él, sacó una tarjeta del hotel de un bolsillo de su bañador y se la tendió.

—Habitación 510.

Laura cogió la tarjeta que hacía de llave de entre sus dedos, rozando sin querer su mano, lo que provocó un calambre que atravesó sus renovados sentidos, y una punzada en su ya olvidado corazón la obligó a mirar de nuevo al hombre que caminaba de vuelta al hotel, ofreciéndole una buena perspectiva de esa musculada espalda.

Algo en el costado izquierdo captó su atención; una fecha tatuada, unos números, pero no unos cualquiera, era la fecha del día en ella había vuelto a nacer. El día en que ese coche se saltó un semáforo en rojo y la golpeó con violencia contra el asfalto. Ese accidente le había robado todo lo que ella había sido, vivido y sentido. Estas eran sus primeras vacaciones tras el coma y una larga recuperación. Había decidido empezar a vivir su vida o por lo menos lo que quedara de ella. Así que, sin saber el porqué, abrazó la tarjeta entre sus manos y siguió el camino hacia la habitación 510.

Con una emoción desconocida acoplada en su estómago, toco la puerta con suavidad. Volver a empezar de nuevo le otorgaba un regalo, una vida llena de sensaciones por descubrir, de primeras veces; es lo que le quedaba tras haber perdido la memoria. El apuesto hombre abrió la puerta y una enorme sonrisa iluminó su cara, haciendo que fuera más atractivo, si es que eso era posible. Se hizo a un lado y Laura pasó dentro. Él cerró y apoyó la espalda contra la puerta sin apartar sus ojos de ella. Laura se acercó a pocos centímetros, la masculina fragancia provocaba pequeñas descargas en su cerebro, estaba cerca de averiguar quién era él, pero necesitaba más para dar con ese oscuro y obtuso rincón de su memoria. Dio otro paso hacia él y enredó sus dedos en el sedoso cabello de aquel desconocido, que resultaba más conocido a cada segundo. Se elevó sobre los dedos de los pies y con una extraña curiosidad alcanzó sus tiernos labios. Saboreó con gusto lo que Ojos Castaños le ofrecía sin barreras. Mas descargas, calambres y espasmos dominaban su cabeza, su pecho y su sexo. No podía detenerse ahora, estaba cerca de descubrirlo.

Habitación 510

Él la cogió en brazos y la llevó hasta la cama, Laura se dejó hacer. Se deshizo del fino vestido de gasa y del bikini que cubría su menudo cuerpo. Ella hizo lo mismo apartando el bañador color azul, que escondía su más que evidente erección. Piel con piel seguían besándose, el ritmo aumentaba y con ella el deseo y la necesidad. Lo conocía, pero todavía necesitaba más de él para lograr revelar algo de aquel rompecabezas.

Ojos Castaños rompió el beso con la intención de desplazar sus labios por su cuello, sus pechos, atender sus pezones como se merecían; llenándolo todo de besos tiernos, húmedos y conocedores. Saboreaba el cuerpo de ella, cada escondrijo, cada rincón, adorando con su lengua esas cicatrices que marcaban su cuerpo, recordándole que ahora ella era otra, otra con el poder del presente en sus manos.

Cuando el calor empezaba a ser insoportable y la necesidad de sentirlo más cerca era casi agónica, él se deslizó dentro de ella dándole lo que necesitaba sin tener que pedirlo, como si la conociera mejor que ella se conocía a sí misma. Empezó con un ritmo suave, pero pronto se tornó más duro e implacable. El placer de Laura aumentaba con cada estocada, y con esa cadencia los recuerdos fueron tornándose cada vez más claros. Ellos dos, en esa misma situación, pero en otros lugares y en otras épocas; eran los mimos besos, las mimas caricias y el mismo olor embriagando sus sentidos. Una imagen golpeó con fuerza en su cabeza, esos ojos castaños llenos de amor esperando nervioso, y ella vestida de blanco caminado hacia él.

—¡Roberto!

—Sí mi amor, estoy aquí.

 

firma blanca+

 

 

 

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